20110422

Saturación de recuerdos

Que no, que no hay palabras que puedan atraparte

Que no consigo retenerte en las páginas. Eres inmortal.

Eres un fantasma colmado de dones, de música y de otras épocas.

Aislado

Un vendaval en la costa, arena y colores pegados a la retina.

Tú no existes. Pero a veces te haces real, y yo recuerdo

Que debo intentar conservarte en tinta y papel. Nunca lo consigo.

Puedo hablar de banalidades con una facilidad pasmosa. Soy capaz de escribir relatos y poemas que no hablan de nada, o que pretenden dar cuenta de asuntos elevados, o que retratan a tal o cual persona según mi óptica de la concavidad. Pero a él no hay nadie que pueda registrarlo. Después de todos estos años, los intentos se cuentan por miles; existe alguna que otra poesía que me pareció salvable en su momento. Ni qué decir tiene que he cambiado de opinión.

Oliveira, Oliveira, con tu americana de tacto inclasificable y una camisa de estampado retro. Sentado en la barra como un dandy recién llegado de las islas. Y yo al otro lado, escuchando tu voz como un bálsamo que me transporta de nuevo a la costa, con tus dibujos y ese último concierto que jamás tuve el valor de presenciar.

Maldita sea, creo que nunca seré capaz de hacerlo. Son sonidos, son olores, y sobre todo son imágenes que se han ido quedando por el camino, sin hacer ruido tras mis pasos. Estoy saturada de información que no consigo organizar bajo ningún patrón. Y ahora está lloviendo, y el agua resbala sobre mi cabeza, al otro lado de la claraboya. He buscado tus canciones y las estoy escuchando; se mezclan con las gotas golpeando el cristal. Recuerdo que ayer no le pedía nada a la noche, no sabía si terminaría mal o peor. Así que tomamos la decisión de ir a ese bar en el que las copas son baratas y nadie nos conoce. Entonces, sorpresa. Como una vieja pesadilla que vuelve años después, o una canción que despierta de su letargo tras un largo silencio. Y sonrío sinceramente tras días de fachada deshilachada, me haces sonreír sin saberlo, solo con reconocer tu timbre y tu tono entre el barullo del bar a la una y cuarto de la mañana.

20110415

Abril, o eso dicen

Because I do not hope to turn again

T.S. Eliot


F. misterioso se encaminó hacia la puerta. Tarareó unas notas sueltas en su memoria, se rascó los bolsillos y dijo “¡Eh!”. Después se lo pensó mejor y decidió dar media vuelta.

Por el camino, se paró a echar un trago que se convirtió en dos que se convirtió en una cartera tan vacía como su memoria al día siguiente. Pero F. misterioso no desveló su identidad.

F. misterioso no tenía un rumbo fijo, pero le gustaba la poesía. Eso podía llegar a entretenerlo durante horas, casi tantas como le llevaba buscar la cerradura de su casa.

Al cabo de un rato uno se da cuenta de que F. misterioso es una bola de lana que no tiene ni ojos ni boca. Pero le gusta olisquear aquí y allá con su Pituitaria de la Modernidad.

F. misterioso, dicen, solo se preocupa de mantener la luz encendida toda la noche. F. misterioso es un hogar cálido lleno de alfombras y cajas de música.

(Claro que es cálido, es que es de lana)

Es fácil de reconocer: busque usted a alguien que se rasque los bolsillos compulsivamente. F. misterioso tiene roto el eje de orientación desde que decidió dar media vuelta.

Por eso ahora F. misterioso se esconde debajo de la mesa mientras hablamos; está buscando el principio de su cuerpo y choca todo el rato contra el final.

20110413

From the wrong side

I came from the wrong side
An early bird on its dead-end wire
still hanging 'round
No bloom or withered leaf at last
at the front of my door

I came from the wrong side
while my devices -devotions-
were falling from the woods
Does it show? 'Cause I've been walking
down on the sunset -until my last word was lost

I came from the wrong side
point of no return
No sooner had I left than I found it, but
now it's no more (Time enough)
Far enough

When you've come from the wrong side
you just cannot keep it with you at all

20110412

Paréntesis de una investigadora (casi) frustrada

La gente que me conoce sabe que soy una pobre obsesa de todo lo que esté relacionado con la carrera que estudio. Y mira por dónde, estaba escuchando esta canción (que en principio no tiene nada que ver), cuando se me ocurrió ponerme a buscar la letra. He aquí con lo que me encontré. ¡Y por si fuera poco, también con esto y esto! Y como soy extremadamente friki (como ya he mencionado) no pude evitar seguir leyendo... Y aquí ya llegamos al súmmum.
Por desgracia para los que no tengáis un nivel de inglés decente, la información no está en la versión española de Wikipedia. ¡Pero bien merece la pena el esfuerzo!
Keep finding out about Anglo-Saxon age :D

PD: De regalo

20110410

Euterpe

Vladimir contemplaba en silencio al pianista que, encorvado sobre su instrumento, desgranaba una nocturne de Chopin. El salón estaba a oscuras, y solo el resplandor rojizo de una llama lamiendo las cortinas arrojaba un poco de luz moribunda. Un metro a la redonda más allá del pesado piano, las sombras se lo comían todo. Precisamente ahí estaba Vladimir, callado y quieto como un ratón, esperando. La música crecía invadiendo la estancia, pisando sin decoro muebles y baratijas; después menguaba, casi avergonzada, para refugiarse en el interior de las cuerdas. Otra vez volvía, reflejada en las pupilas del pianista con un latir pálido; se marchaba, pisando despacio; atacaba desde el techo, se arrodillaba. Vladimir no se movía, no se atrevía ni a respirar. La cara del pianista estaba en sombras, aunque él lo suponía plenamente concentrado en su partitura.

Vladimir iba cada noche al salón. Se situaba estratégicamente al amparo de un viejo armario, exactamente enfrente de la cueva de luz. El heraldo de las once campanadas marcaba la entrada de la diminuta figura, de andar torvo y tembloroso. Nada en el mundo le hacía parecer lo que Vladimir sabía que era: un ser humano. Siempre vestía la misma levita negra, pantalones grises pasados de moda y unos elegantes zapatos roídos de tiempo y miseria. Se sentaba en el taburete entre suspiros y bufidos, organizaba sus partituras y comenzaba a tocar. Vladimir contenía entonces la respiración, pese a que en el pecho se le soltaba una cuerda importante que le hacía dar tumbos y girar las orejas. Su enmohecido pecho repiqueteaba como una campana en vísperas; le sudaban las manos y se le dormían los recuerdos, como en éxtasis de primavera. Y había imágenes que lo asaltaban, lo cogían desde atrás y tiraban de él a las alturas, a un bosque encantado quizá, o a un viejo castillo, o en medio de salones donde se bailaba el menuet. Como en las historias que había escuchado de pequeño. Todas esas postales volvían entonces, lo abrazaban y susurraban cosas terribles de lo ciertas que eran. Temblaba de frío desangelado y de devoción a un tiempo. Mientras, las notas iban recorriendo en círculos el zócalo, atrayendo a Vladimir con su canto de sirena; pero él esperaba, esperaba a que apareciera.

Al doblar la esquina de un pasaje concreto, salía del piano. Un sonido amortiguado era la señal de que estaba allí, de pie, observando la estancia otra noche. Entonces empezaba. Vladimir no se atrevía a mover ni un músculo: toda su expectación se concentraba en la sombra parada junto al pianista, que seguía tocando sin inmutarse, víctima del genio y la mala vida. La silueta comenzaba una vez más la exploración, invasión y conquista de la sala de música, lanzándose arriba y abajo como un vendaval, azotando las imágenes que rodeaban a Vladimir en vuelo rasante. Se detenía sobre el reloj de pared, volvía a cruzar como una exhalación hasta alcanzar el piano y allí tomaba aire; bailaba siguiendo una escalera imprecisa de humo, ascendía a las alturas. Vladimir contemplaba la escena en silencio, y se preparaba. La sombra saltaba desde la lámpara como una campeona olímpica, giraba en el aire y quedaba suspendida a solo un par de centímetros de su cara. En ese momento Vladimir intentaba asirla –cada día, sin excepción-, comprobar qué tacto tenía su piel, qué olor su cabello. Pero por desgracia la música no es tangible, y Vladimir la sentía escapar de su abrazo como vapor, como niebla.

El pianista terminaba su concierto diario; sin la luz de su música sobre la frente trocaba de nuevo en aberración deforme, apenas un soplo humano. La llama de la vela sobre el piano difuminaba las sombras de la estancia; los pasos del hombre se perdían en la oscuridad. Después sonaba el reloj. Volvía a sonar. Sonaba de nuevo; así llegaba el amanecer. Entonces, Vladimir abandonaba la sala de música hasta la próxima noche; se iba, o se deshacía, o se fundía con ella en forma de tapiz o silla o plato sopero -¡quién sabe!

Y cuando daban las once, Euterpe divina acogía de nuevo su monstruosidad y la transformaba en belleza de cristal, humo, nada.


20110403

Yo estuve allí y vi cómo todos cayeron. Se empujaron para ser el primero o el último y fracasaron. Estuve allí cuando sus ojos brillaron, cuando sus palabras se confundieron de dirección. Estuve allí cuando despertaron y estuve allí cuando intentaron dormir de nuevo. Estuve, y oí sus gritos y sus mentiras aplastadas por el peso del tiempo. Allí estuve, para comprenderlos a todos y perdonar. Pero el dolor mordió más fuerte. El dolor ganó la partida. Mientras esperaba, estuve allí y fui un ídolo y una madre y un paria. Aguanté todo y más, me comí las consecuencias y aspiré por última vez un recuerdo que me habría gustado conservar. Después apunté cuidadosamente en mi registro de faltas morales las mofas, los riesgos y las quejas. Hice inventario y asentí. Tenía derecho a asentir porque yo estuve allí y fui su sombra a través de los años.

Entonces caí en la cuenta, y solo pensé "menudo hatajo de gilipollas".

20110402

Clepsidra

Fígaro se despertó colgado de la pared. Por las rendijas de la ventana entraba una corriente de aire que ponía la piel de gallina; pestañeó y se sacudió el frío obtuso de diciembre. El parqué crujió desolado cuando saltó al suelo. Era un suelo viejo con muchas historias, presentes y pasadas. Ni en mil años podría el viejo suelo contarnos todo lo que ha visto y ha soñado. No como Fígaro –porque ella no ha vivido.

El pasillo estaba inclinado, y el agua resbalaba por él como por la cubierta de un barco en medio de la tempestad. Los vientos de aquella casa rugían fieros en el tejado, conmoviendo los pilares, asustando a los ladrillos carcomidos. Pero Fígaro era valiente y siguió avanzando por el corredor, por el que ya volaban aparadores, platos y candelabros. Todo se zarandeaba en confuso montón, vaivén del Atlántico norte al salir el sol. Los cuadros giraban sobre sus alcayatas en zigzag enloquecido, enroscándose en sus muñecas; había que sortear cuidadosamente la carrera de los muebles en aquella casa-barco. La luz al final del pasillo volteaba en valses epilépticos y salpicaba a los habitantes cada mañana, después cada noche, después otra vez. Pero Fígaro era valiente y el edificio viejo y gruñón no lo asustaba con sus bufidos y tempestades. Así pues, trepó por la enredadera al doblar la esquina y se sentó en una barra que pendía del techo, sujeta por dos alambres largos y retorcidos.

Desde aquel columpio macabro podía ver lo que pasaba fuera a través del gran ventanal, sostenido por querubines de yeso a tres metros del suelo. Solo desde su estratégica posición alcanzaba la vista a recorrer aquellos páramos ingleses, con sus largos bigotes de hierba agitados por la sal de la costa; pantanos lúgubres del estado de Louisiana, de árboles dramáticos y opacos, triste melodía; olas que barrían una pequeña cala al sur de Cannes en invierno. A veces incluso se veía el sol -¡sí, el sol!- y largos bulevares de gente joven, feliz y bronceada que iban en bici o paseando cogidos de tres en tres. No obstante, era duro permanecer inmóvil ahí arriba sin moverse, sin pestañear apenas (no fuera a ser que se perdiera algún rayo de luz por el camino). Fígaro intentaba aguantar todo lo posible, que para eso era un valiente, pero al final tenía que descolgarse de su percha de canario lúgubre para caer en brazos del suelo.

Entonces la casa seguía moviéndose. A la carrera sobre semejante potro desbocado, Fígaro recorría las habitaciones, apagando y encendiendo las viejas lámparas de gas llenas de polvo. Cada día encendía cuarenta lámparas y apagaba otras cuarenta. Debía llevar la cuenta de cuáles eran las que tocaban los martes, los sábados, los días de jugar a las cartas o cuando en la cocina se servía sopa. La dificultad de recordar todo aquello lo convertía en un trabajo delicado, aunque Fígaro tenía una buena memoria, curtida en mil batallas contra la clepsidra y el reloj de arena. Alguien le pidió un día que fuera el vigilante de aquella casa; le dieron las llaves de todas las puertas, un pedazo de pan y un beso de buenas noches. Y así aprendió a conocer y reconocer la casa, sus caprichos, temblores y llantos a altas horas de la madrugada. Fígaro no sabía ver la luz, así que al principio tanteaba los muros despacio, con cierto cariño servil, para grabar bien hasta el último detalle: tapices, alfombras, cuadros, zócalo. Pero cuando los muebles empezaron a echar carreras por los pasillos, cuando la casa tembló y saltó en plena tempestad, entonces Fígaro tuvo que aprender la luz y la sombra que siempre va con ella. Tuvo que aprender a esquivar, a bailar sobre las notas impresas en los muros cansados. Aprendió tanto que una mañana apareció colgada de la pared; la casa se había fundido con él.

En el salón habían encerrado una tormenta que tenía la fuerza de mil ejércitos. Bajo ella se ahogaban cada día butacas, sillones, sillas, estanterías, un reloj de pared, un piano de cola, una araña reluciente, amplios cortinajes de color bermellón. Los rayos partían en dos la caja de música hasta hacerla llorar; era entonces cuando Fígaro tenía que entrar corriendo, con su impermeable verde y sus botas, para achichar el agua y salvar lo que se pudiera salvar todavía. Pelear contra la tormenta le dejaba exhausto, pero era su casa y ella era la casa también, y ninguna tormenta maleducada le arrebataría jamás su salón.

A veces subía a la buhardilla, donde vivían, además de los vientos, un grupo de bohemios muy distinguidos. No se sabía de dónde habían llegado; cuando Fígaro se convirtió en el guardián de las luces ellos ya estaban allí. Había muchos músicos minúsculos que se divertían haciendo ruido para asustar a los vientos más pequeños; mientras, Coro discutía enardecidamente con el cenáculo literario de las Cuatro Ideas. Noto y Cecias, malvada chispa roja en la frente, empujaban los registros de recuerdos que se guardaban apilados en torres de más de cien metros. Fígaro los regañaba, aunque sabía que era una pérdida de tiempo. Los destructivos hermanos hacían mofa de sus esfuerzos desde las nubes más altas.

A Fígaro le gustaba ir a ver al pintor. Vivía solo con sus imágenes de éxtasis, en un cuartucho miserable al fondo del pasillo. Cuando llegaba a la puerta, tarareaba Purcell –era su contraseña secreta- y el pobre pintor (flaco, desnutrido, con los ojos enormes y delirantes) descorría el visillo. Conversaban durante un rato por la rendija, mientras podían, antes de que el pintor echara a llorar y golpeara los escasos muebles que le quedaban. Al principio Fígaro intentó intervenir de algún modo; lo consoló, le ofreció su ayuda. Pero el pintor era un genio, y los genios solo hablan con Dios y consigo mismos. Este singular número primo le caía bien a Fígaro; simplemente aceptó que los habitantes de las buhardillas estaban más allá de todo lo cognoscible. No intentó integrarse, pese a que le ofrecieron que se quedara bajo las claraboyas. Al fin y al cabo, no podían estar mejor sintetizados ya: ellos vivían en la casa, y Fígaro se había convertido en la casa.

Cuando las jornadas terminaban, bajaba la escalera despacio, con cuidado de no tropezar con Bóreas airado ni de desvelar el sueño del Sol. A veces se sentaba al lado de la chimenea –cuando parecía que los muebles estaban cansados, las lámparas correctamente vivas y la tormenta dejaba de ensañarse con su salón decimonónico- y se concentraba en la ventana. Pensaba, pero quién sabe lo que pensaba. Puede que soñara con abrir la puerta de la calle y respirar (¡una vez!), colgar las llaves y descuidar los quinqués. Era completo, se tenía a sí misma y a una gran capacidad de libre albedrío. Pero después pensaba en su juramento, en el cumplimiento para con su comitatus individual e intransferible.

¿Quién guardará la luz si yo me voy?